
Sí, suena duro pero es lo que hay.
Los profesores lo intentamos, nos esforzamos. De verdad que sí.
Le ponemos ganas, buscamos canciones, hacemos juegos, montamos dinámicas, te hacemos sonreír en clase y hasta decoramos la pizarra y los apuntes.
Y sin embargo… muchas veces, el alumnado sigue igual de desconectado, desganado… desinteresado.
Entonces llega el mantra:
“Hay que motivarles más.”
Pero…
¿Y si no es falta de motivación?
¿Y si es puro aburrimiento?
Hay cosas que ni el mejor disfraz de unicornio, ni el Kahoot más estridente salvan.
Porque si el enfoque no tiene sentido,
si lo que enseñamos en un momento dado no tiene aplicación,
si la forma de transmitir el mensaje no conecta,
no hay motivación que valga.
Enseñar no es necesariamente entretener.
Tampoco es gamificar cada minuto.
Pero desde luego no es repetir el mismo esquema de 1997.
La gente no es vaga ni está desmotivada.
Está aburridísima.
Es verdad que a veces el contenido no es divertido, ni tiene porqué serlo, lógicamente, pero la forma en que decidamos transmitirlo cambia radicalmente la forma en que lo percibe el alumn@. Y justo ahí aparece la motivación.
La motivación no se impone.
Se genera cuando algo tiene lógica, aplicación, impacto y sentido, y siempre y cuando se transmita de la forma correcta.
Así que no, no tienes que motivarles más.
Debemos que revisar si lo que escogemos enseñar en un momento dado merece la pena y si la forma en que lo hacemos es adecuada para esos alumnos en concreto y en ese ínstante en específico.
Y si no es el adecuado,
por mucho que lo envolvamos en colores y dinámicas… seguiremos encontrando a los alumnos con esa expresión que por desgracia combatimos a menudo de ‘estoy cansad@ y esto me interesa -5’
CONCLUSIÓN:
Adaptar qué se enseña y cómo se enseña a quiénes se les enseña y a cuándo se hace es vital para crear en cada sesión una sinergia que mantenga al alumno literalmente ONLINE toda la clase; y lo que es más, que se conecte a la siguiente con la motivación, como dirían en el sur, ‘por tó lo arto’.